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LAS ESPERAS EN CANNES – Aller Fui Al Cine
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LAS ESPERAS EN CANNES

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LAS ESPERAS EN CANNES

Es ahí, sentada dentro del Palais, donde más te fijas en tu alrededor. El festival de Cannes es mastodóntico: miles de acreditados, el bullicioso trajín del marché, curiosos ataviados con sus mejores galas mendigando entradas para la premiere de turno…  Esto no se comprueba hasta que se vive (y disfruta) en sus propias carnes. Por un lado están la alfombra roja, los flashes, el trasiego, el glamocannes-palaisur, las celebrities que visitan la Costa Azul, … la sofisticación del cine, para entendernos. Por otro, la prensa malviviendo ese sueño, siendo los primeros en ver las películas a concurso, en dejarse sorprender durante los diez días que dura el certamen. Los periodistas están divididos por colores en Cannes, según la relevancia del medio por el que vayas acreditado: La alta alcurnia son los blancos, y los rosas condecorados con un punto. Luego están los rosas, les siguen los azules y por último los amarillos, la plebe, los sufridores, a los que más les toca esperar y hacer más colas. Esos dos estratos últimos llegan primero a las puertas de las salas del Palais sin saber si entrarán o no (depende de la cantidad de rosas que haya). Y la mayoría de las veces, bajo el sol. Es en esas esperas donde ellos escriben, leen, charlan con los amigos sobre lo que han visto, si recuperan o no tal película en otro pase, etc.

 

Sentada para entrar en la Sala Bazin, que abrirán en hora y media, saco el ordenador y me pongo a organizar la crónica de ese día. ¿He escrito lo que quería de Xavier Dolan? ¿Me dará tiempo a anotar lo que quiero de The Neon DemonA mi lado tengo un par de periodistas ingleses, creo que de mi edad. Están conversando sobre un título de la Semana de la Crítica. Enfrente hay un chico que creo que es europeo por la ropa que lleva. Ha cambiado su cinta de acreditación por la que dan en el festival de Locarno, reconocible por su print de leopardo. Y claro, hay que llevarla para demostrar que vas a Locarno y molas más. Viene una compañera, se sienta a mi lado. Está apurada porque no sabe si podrá entregar la crónica a su periódico. Saca de la mochila a hurtadillas un sándwich hecho con prisas (Porque no te dejan meter comida dentro del recinto, de modo que tu insípido menú durante la estancia deberá llevarse a modo de contrabando). Va llegando más gente, también dos amigos nuestros que se sientan con nosotras pese a las malas caras de los que hacen cola.

 

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Sé poco de la película que voy a ver y de su director, aunque todos hablan de él. Este hecho me agobia un poco a veces: si me gusta el cine, ¿Por qué hay tantos títulos que no he visto?. Pero mejor así, porque voy sin ataduras. Estoy cansada, el dormir una media de cinco horas diarias hace mella a los pocos días de festival. Pero es un mal que no afecta. Te dejas llevar. Es ahí, entre risas y comentarios, donde noto que llega la inspiración. Y eso da fuerzas para seguir la jornada.

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